Como cada tarde en torno a ese círculo que conforma la plaza de toros de Murcia se congregan cientos de aficionados y de curiosos, una hora antes de cada corrida, que en un ir y venir de una puerta a otra le dan el ambiente, el bullicio y el colorido previo a cada festejo. Frente a la puerta principal se citan los concurrentes y comentan las expectativas que tienen sobre el cartel del día, así como las faenas más importantes de la feria, en ese ruedo inmenso que no deja de girar.
Al otro lado, frente a esa puerta por la que salen los triunfadores, justamente en el patio de cuadrillas se va formando otra particular movida, la de los todos los miembros que se preparan para hacer el paseíllo. Aunque, como obviamente ya sabemos que los protagonistas esenciales de la corrida son el torero y el toro, los festejos no se podrían celebrar sin los otros protagonistas que realizan cada tarde el paseíllo: los alguacilillos, los subalternos: banderilleros y picadores, los mulilleros, los monosabios, y los areneros.
En la plaza de toros de Murcia, posiblemente la única o una de las pocas que tienen areneras, hacen todos los días el paseíllo, Isabel Alcaraz, maestra de escuela, de la pedanía de San Ginés y Carmen Alcaraz, de La Alberca, que trabaja en El Cortés Inglés. Y con toda seguridad, en la tarde del día de la Romería hizo el paseíllo Jairo: el futuro arenero más joven de mundo, el retoño de Isabel ataviado como tal.
Les preguntamos como llegaron a ser areneras y al alimón nos responden: "Bueno, esto es por tradición, nosotras somos nietas, sobrinas, hermanas e hijas de areneros, y como se algunos se van jubilando vamos cogiendo el puesto. Al principio hubo un poquito de sorpresa por la condición de mujeres, pero don Ángel Bernal dijo adelante, y aquí estamos".
Su cometido entre la lidia de un toro y otro toro, lo tienen muy claro: "Nosotros somos los encargados de mantener del mantenimiento, eliminando las desigualdades del terreno durante la lidia, y nuestra segunda tarea es la de la eliminación de los despojos, así como los restos de sangre para ocultar la huella que deja cada toro durante el arrastre". Después también nos quedamos un par de horas para dejar preparado el ruedo para el día siguiente, que nuestro trabajo no solo es el ratico que salimos a la plaza".
Mientras realizamos esta sucinta entrevista, se van arremolinando los aficionados por el patio de cuadrillas: los monosabios ponen en circulación a los caballos con los ojos vendados, los instrumentos de la banda de música entonan una sinfonía imposible de sonidos, los mulilleros ya preparados para su cometido bromean, y los más acérrimos aficionados saludan a los miembros de la cuadrillas que acaban de llegar; al tanto que el niño Jairo, en los brazos de su madre, se mantiene sereno y expectante ante el bullicio.
Ni que decir que a Isabel y a Carmen les gustan los toros; acerca de sus toreros preferidos, Isabel dice: "Yo no tengo un torero en particular, cada uno tiene lo suyo. Y nada más con que se enfrenten al toro, ya hay que tenerles consideración". Carmen, asiente, y, sin embargo matiza: "A mí me gusta José Tomás y El Fandi o Perera, entre otros".
Ellas tienen muy claro su trabajo y el lugar que ocupan en la plaza y ni siquiera lo cambiarían por una localidad de barrera: "No, desde luego que no, no lo cambiamos. Nosotras vivimos más el mundillo desde aquí abajo, es muy distinto, porque vemos otros detalles y otras cosas"-
Y, ¿al llegar la hora de la merienda, qué? Pues la hora de la merienda, aquí es sagrada: "Unas veces nos subimos con la familia y otras veces merendamos todos juntos, también con las viandas que nos ofrecen el público".
El reglamento ya reconoce la importancia de los areneros considerando su presencia en el paseíllo preliminar de la corrida, y a más de uno le gustaría hacerlo. Precisamente en la última corrida goyesca de la plaza de toros de Ronda, lo hizo vestido al uso, el escritor y periodista Fernando Sánchez Dragó. Isabel, que se encontraba muy contenta con Jairo que iba a hacer su primer paseillo, y Carmen, manifestaban: "Nos gusta hacerlo, aunque nos da un poco de vergüenza, pero como se hace todos los días, ya nos vamos acostumbrando. La primera vez fue otra cosa".
A Isabel y a Carmen, desde niñas ya les había gustado esta actividad y cuando se lo dijeron no se lo pensaron dos veces, ni siquiera han visto ningún rechazo de carácter sexista en esa ocupación tradicionalmente realizada por hombres: "Nosotras no hemos notado nada, aunque al principio les extraño a los propios compañeros y a la familia. A nosotras nos tratan muy bien y siempre nos han ayudado, e incluso los trabajos más duros los dejan para ellos, aunque nosotras no queramos. Las seis y media en punto de la tarde se acercaban y ahí estaba Jairo, impertérrito, dispuesto a su bautismo como arenero.
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