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La Coctelera

Patricio Peñalver Ortega

Un ser seco que se complace en los absurdos metafísicos

24 Agosto 2009

En busca de la sombra perdida

Encontrar un atisbo de sombra en Murcia, a cierta horas de la tarde, es una gran tarea de carácter morrocotudo, más o menos como la de salir con el candil encendido, a plena luz del día, a buscar la verdad, como dicen que le gustaba a Diógenes.

Encontrar una sombra, o la sombra de un árbol, o aunque sea la sombra de uno mismo, durante el transito por ciertas plazas de Murcia, encementadas y alicatadas hasta los dientes y sin vegetación, que más del gusto mediterráneo parecen de estética nórdica, es algo así como toparse de frente con el vellocino de oro. Esas plazas merecerían un estudio por el taller de arquitectura sostenible y tal. Hay más de una plaza, en la que a uno le gustaría ser ese Usain Bolt que ha pulverizado el récord mundial de los 100 metros lisos.

En busca de una sombra perdida iba yo, la otra tarde, después de regresar de la Catedral del cante de la Unión, a esa hora que los rayos caen perpendiculares, a esa hora que la canícula no respeta ni a los pedigüeños, que se afanan en cambiar su puesto a puestos más frescos, cuando de repente como una iluminación me topé con la Catedral y muy pronto cavilé, que qué mejor sombra que la de sus intramuros.

El Lorenzo, que ya había soltado sus lágrimas celestes unos días antes, pegaba de justicia para todos, y aún quedaba una hora de espera. Por fin, abrieron las puertas catedralicias a las seis en punto de la tarde, y me adentré con mirada de turista extraviado. Todo fue entrar y, oyes, muy pronto me sobrevino un estado de placidez y serenidad, con sus ápices de espiritualidad, y eso que yo no soy de comunión diaria ni anual, como bien podría saber nuestro obispo, monseñor José Manuel Lorca Planes, de Espinardo, su pueblo y el mío.

De manera, que gozando de una temperatura ambiental estupenda, me dispuse a disfrutar con la mirada nueva, de lo ya visto otras veces, de la maravilla de estilos arquitectónicos a través de sus diversas capillas. Y, otra vez, como siempre me quedé pasmao ante la monumentalidad sublime y subyugante de la capilla de los Vélez. Después, como siempre me volví a sorprender ante la capilla-retablo de San Cristobalón con ese estilo tardorrenacentsita y esa pintura-mural figurativa tan singular. Y Al ver el órgano de Patrick Collon, me acordé de Enrique Máximo, que con lo mínimo montaba unos saraos culturales tan monumentales como la mismísima Catedral. Y mi tiempo, ahora a la sombra, se fue en busca del tiempo perdido. De pronto recordé la primera vez que subí a la torre y contemplé la ciudad rodeada de huertos, como diría Miguel Hernández: "Quién te ha visto y quién te ve o ni sombra de lo que eras. Y tras gozar de la sombra catedralicia, me dije: ¡Que verde era mi valle!

 

 

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Patricio Peñalver Ortega

Espinardo.-Murcia, España
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Mi profesión debería de ser la de lector, pero otros derroteros me llevaron a la de escritor y por ende a la de periodista. Tengo dos novelas publicadas: "El Murmullo de las Estaciones" y "Una novela sin nombre". Y otras que esperan.

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