El periódico como el pan nuestro de cada día
Después de tantos años, a los que dentro de unos momentos me referiré, he aprendido a relativizar ciertas cosas que antaño me parecían importantes y que ahora no vienen al caso. De esas pequeñas cosas cotidianas si hay una que no ha perdido con el tiempo ningún ápice de interés, ésta no es otra que la lectura del periódico de cada día. Cada mañana que me siento frente al periódico, antes de hojear las páginas, subsiste el mismo misterio y la misma intensidad de entonces. Con la misma intensidad y la misma inquietud cada mañana antes de pasar de la primera página, como si tratara de una experiencia religiosa, espero alguna noticia que desborde mi capacidad de sorpresa. Y mi curiosidad insaciable, al acabar de cerrar el periódico sigue intacta, después de tantos años.
Gracias a mis maestros don Enrique y don Pedro Sánchez Ponce de León, en los tiempos de la leche en polvo americana, aprendí a leer de carrerilla a los nueve años. Curiosamente en mi casa nunca hubo un libro, sin embargo en la casa de enfrente de mi abuelo había una montaña de periódicos usados, mayormente del ABC o Blanco y Negro, que mi abuelo utilizaba para envolver las figuras de belenes que después de pintadas tenía que embalar. Con esas noticias ajadas que sorprendentemente siempre me parecían nuevas, en esa montaña mágica de periódicos, de vez en cuando aparecía alguna que otra revista en la que se podría contemplar alguna estupenda chica en traje de baño que te hacia soñar por momentos, no sin antes dejarte un punto de desasosiego. En aquella montaña mágica de noticias del mundo se forjó mi mundo y mi amor por la lectura de prensa, que me hacia leer cualquier papel escrito que encontrará por la calle.
Desde los once años ya tenía la necesidad de hojear los periódicos de cada día y las revistas de cada semana en el local de Miguel de los Tebeos, después de cambiar un Jabato por un Capitán Trueno, ante la complacencia de la Patro que soportaba a la chiquillería. En ese mismo local que modernamente se llama Librería Miguel, después de tantos años, sigo también ahora con la misma costumbre cada mañana, ante la atenta mirada de Pepito y de su madre Patro. Ya sé que no doy un buen ejemplo, desde luego no soy el mejor comprador de prensa le digo a Patro, de vez en cuando, mientras le aseguró con gran énfasis que por lo contrario sí soy el mejor lector. A lo que me suele responder, con su gracia, “claro así que bien puedes escribir después”.
Como decía antes cada mañana, ante de ir a la Librería Miguel, uno de los momentos más intensos de la jornada es el de la lectura del periódico, ante una taza de humeante café. Y cada día me sorprende por igual la aceptación del llamado periódico de la casa que cada cafetería o bar tiene, algunos incluso dos distintos y unos pocos establecimientos hasta tres. El periódico de la casa, a la hora del desayuno, siempre suele estar ocupado. Resulta muy curioso contemplar por las manos que pasa al cabo del día. El periódico de la casa es de todos, sin embargo cuando uno lo tiene en sus manos lo siente como algo propio. A veces no es nada fácil echarle mano, sobre todo cuando lo ha cogido algún desocupado. A esa misma hora en que desayunas, hay otros clientes fijos que también lo hacen. Si por casualidad lo has cogido a la primera, siempre verás como de manera sibilina te mira el del banco, el funcionario o la boticaria para ver por qué página vas. Yo algunas veces para despistar a mi cartero que es un adicto a la prensa de la casa, como yo, en la hora de su almuerzo, hasta cambio de local, y lo curioso es que mi cartero también hace lo mismo y nos vemos en el otro café.
La socialización del periódico de la casa me sigue pareciendo una cosa muy curiosa. Y los lectores más, incluso algunos los hay, que con la excusa se llevan el de la casa con el otro distinto que han comprado, porque hay que gente p’a tó.
Cada mañana que me siento frente al periódico, antes de hojear las páginas, subsiste el mismo misterio y la misma intensidad de entonces. Incluso, de vez en cuando, veo mi careto en el papel y, como no suelo leerme, me dijo: ¡qué dirá este tipo!
