Todas las españas en una cancha
Después de haber dejado pasar un tiempo prudente y comprobar que la resaca de la desolación ya ha amainado, uno se siente como el amante que la quiere hoy más que ayer y menos que mañana. Todo lo que pudo haber sido y no fue, se nos fue en el último suspiro, en el último beso de piñón que la pelota le dio al aro, en un movimiento circular imposible, antes de caer al vacío, y la plata entonces nos supiera a latón de pobres.
En aquel pabellón de deportes de Madrid estaban todas las españas en una España, en torno a una cancha. La de los liberales y los conservadores, la de izquierdas y la de las derechas, la de los empresarios y los empleados, la del centro y la de los parados, la de hipotecas que siguen subiendo como el rayo que no cesa y las de los hipotecados a los que les baja su poder adquisitivo a velocidad de vértigo, los de la España plurinacional y los de patria como una unidad de destino indisoluble, los del güisqui etiqueta negra y los del vino peleón, los optimistas y los pesimistas que lo ven todo negro, los que dicen que se rompen España y los que se ríen de los peces de colores y ven la vida en rosa, los que pasan de la política y piensan que todos los políticos son iguales, los que apoyan la educación para la ciudadanía y los otros a los que le gustaría que se llamara educación católica para la ciudadanía, los que siguen conspirando y los que les gustaría que la teoría de la conspiración fuera algo más que una pura falacia.
Todas las españas estaban en esa cancha.
La noche anterior, después de ganar a Grecia con un gran desgaste que a la postre pasaría factura, el presidente Rodríguez Zapatero afirmaba que si hubiera perdido España algunos le hubieran echado la culpa, otros ya le acusado de la muerte de Manolete, y a mí no me extraña; ya no digo na, si la cornada que le pego Vinatero a José Tomás Linares, en fecha histórica, hubiera ido más. Aunque en esta ocasión la culpa la hubiera compartido con Joaquín Sabina, al que el diestro que mejor maneja la mano izquierda le brindó el toro.
Yo no digo que Zapatero no tenga su parte de culpa, culpita o culpona, en algunas cuestiones concretas. Sin embargo, como decía el maestro: “Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible Si Zapatero sube el tanto por ciento de las pensiones más que sus predecesores o mantiene las previsiones económicas de crecimiento por encima de los demás países europeos, quien diablos tiene la culpa. Pues el diablo por ser diablo.
La otra noche en la cancha, estaban viendo el partido el príncipe Felipe y doña Leticia, el presidente Zapatero, el alcalde de Madrid Alberto Ruiz-Gallardón, el lider del principal partido de la oposición, Mariano Rajoy, y su secretario general Ángel Acebes, el jugador del Real Madrid, Raúl; el locutor Andréu Buenafuente; el director de cine Pedro Almodóvar, el cantante Joan Manuel Serrat o el tenista Rafa Nadal, amigo de Pau Gasol. Y ahí estaban los jugadores de la “España camisa blanca de mi esperanza” defendiendo los colores de la selección. Y frente a los televisores había más de 5 millones de espectadores y no sé cuantos otros pegados a los transistores, sin distinción de raza, sexo o edad. Todos estaban unidos con la consigna de los tres mosqueteros.
Todos estábamos preparados para la victoria, éramos los favoritos y los fuimos siendo hasta llegar al último cuarto del partido. Y ahí estaba Gasol, sin duda el mejor jugador de la historia del baloncesto español. Un Gasol, que en una noche espesa llegó a fallar siete tiros libres, y que en los últimos segundos del partido hizo el último lanzamiento sobre el tablero sabiendo que ya no podría ir en busca del tiempo perdido. El balón rebotó en el tablero y cayó sobre el aro, le dio un morreo interminable de centésimas de segundos que parecieron siglos y la esquiva suerte no apoyó esa última jugada que podría haber sido épica. Gasol se derrumbó en el suelo, como un Jesucristo abandonado y a todos en esos momentos la plata nos supo a poco, como si nos hubieran dado los 30 talentos que le dieron a Judas. En esos momentos la plata no sabía a vil metal.
Como decía al comienzo de este escrito, que algunos ciegos leerán mejor que algunos videntes, después de dejar un tiempo prudente; pues no es lo mismo escribir en caliente que cuando la cosa ya se ha reposado, como una buena paella o un arroz con caracoles, y, ¿Ole!, ahora esa plata me sabe doblemente a oro. Mucho más después de ver ganar a la selección de voleibol su otra medalla, precisamente frente a Rusia. Y también después de ver con que grandeza la de baloncesto asumía su derrota, no precisamente ante unas monjitas de la caridad. El abrazo del gran Paul Gasol, siendo un poema trágico, lo decía todo al felicitar en un abrazo fraternal al gran Kirilenco, líder de los jugadores rusos. Ahí reside la grandeza también, en ese saber perder con dignidad y elegancia. Un menester que algunos políticos y otros comunicadores de esta España han olvidado.
