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La Coctelera

Patricio Peñalver Ortega

Un ser seco que se complace en los absurdos metafísicos

15 Agosto 2007

Es el más viejo de los bailaores jóvenes

El cantaor granadino Enrique Morente impartió una sucinta lección de cantes, como si cantara en el patio de su casa, en la tercera gala, desde la más pura ortodoxia hasta la heterodoxia de lo que ya se conoce como los ecos morentinos.

Estas lecciones tienen sus ventajas y sus inconvenientes. Las ventajas son que sus seguidores, que cada vez son más numerosos, gozan con los nuevos registros espontáneos que en cada actuación se producen. A Morente se le espera la faena grande, como antaño a Romero o a Paula o a Luis Miguel Dominguín. Digamos rápido de manera escatológica, como si tuviéramos diarrea, a algunos, Morente les gusta hasta cuando canta jiñando.

Los inconvenientes son que algunos buenos aficionados, aunque vayan a verlo, se resisten aún a las permanentes evoluciones que Morente introduce, aunque sean desde el más puro del clasicismo. Aún salen mosqueados.

Enrique Morente, salióescoltado por los dos músicos que le acompañaban en esta ocasión, cantando por martinetes con el compás del palmeo de su guitarra R.David Cerreduela y por la percusión de "El Bandodero", mientras componían los tres un semicírculo.

Antes de seguir, he de decir que siempre se tiende a comparar unas actuaciones del cantaor con otras anteriores, que sí la última que vez lo vi tenía la voz mucho mejor, que si tal qué, qué si tal cual y que si patatín, que si patatán. No es nada fácil, pero a Morente hay que verlo como si uno fuera verlo por vez primera.

Después de sentarse, un operario le trajo un botellín de agua, y el maestro, con cierta guasa. dijo: "Me habrá visto muy mal cuando me ha traído agua. Esto se agradece. Sin embargo, Morente ni agua necesitaba para hacer guchitos. El cantaor se sentía muy bien en mitad del impresionante silencio, que tan sólo alteró algún puntual acople del micro o la guitarra, estas cosas a veces ocurren inevitablemente en el directo. Claro que a qué le toca, le toca..

Morente prosiguió, pues, con su sucinta lección de cante por cabales y bulerías, por alegrías y tientos-tangos, por malagueñas y cantes abandolaos.

Morente ligando los tercios por cabales subía y bajaba, por los tonos, desde los graves a los agudos, como Perico por su casa, llegando en algunos instantes hasta límites insospechados, mientras era jaleado de vez en vez por el público, con la discreta y elegante percusión de "El Bandolero" y la precisa guitarra de R. David Cerreduela.

En mitad del silencio de la noche no se oía ni una mosca, pero curiosamente sí un grillo. Impresionante el respeto del público que acude a La Unión, quizá por eso este escenario imponga tanto a los artistas.

Muchos aficionados disfrutaron de la noche de los heterodoxos, como Angeles Ortolá, de Xativa Y Teresa Mollá, de Onteniente, o la joven de 12 años, Almudena Roca, que estudia en el Conservatorio de Murcia, y que algún día le gustaría llegar a ser una Sara Baras. O Joaquín “Obelix” que vino a ver a Morente y se encontró con la sorpresa del baile de Galván

Otro gran artista, otro enorme bailaor pisaba las tablas de este Festival, al que le debe mucho, al conseguir el máximo galardón de baile "El desplante" en 1996. Isarael Galván del que Morente, ya dijo: “Es el más viejo de los bailaores jóvenes”

Israel Galván traía su espectáculo "La edad de oro". Otra experiencia más, otra vuelta de tuerca nueva, la del joven bailaor que quiere romper con rabia las barreras y los corsé de lo establecido como cánones.

En el escenario no hay trampas ni cartón, para distracción del espectador, tan sólo: tres sillas, tres artistas que dialogan con la voz, la guitarra y el baile. A veces el protagonismo es el poderoso baile de descargas eléctricas de Galvan, otras la solidez de la guitarra de Alfredo Lagos, y otra la poderosa voz de Fernando Terremoto. Un gran espectáculo que transita por los cantes de triña, la soleá, las bulerías, la malagueña y los fandangos, la toná y la siguriya ,las alegrías y los tientos-tangos. Y un sorprendente baile por tarantos, un palo que tuvo que bailar obligatoriamente cuando consiguió su merecido premio en La Unión.

Israel Galván tiene unas maneras y una estética de concebir el baile flamenco que, a pesar de la heterodoxia y los elementos de danza que introduce en su trabajos, también acaba por gustar a los más exigentes, como se pudo comprobar en la noche del pasado domingo en la que todo el público se le puso en pie y lo despidió con una fuerte y prolongada ovación. Galván con sus pasos y sus quiebros crea un propio estilo en el que sigue ahondando, rematando los tercios del cante, cuando hace mutis por el foro, con una gracia, con una suerte de movimientos de manos o movimiento de hombros como si nos estuviera guiñando un ojo de complicidad. Y eso transmite mucho, mucha verdad y muchas energía positiva. La misma que transmite Manuel Rodríguez Rodríguez, “Manuel Curao”, un magnifico profesional, con mucho conocimiento flamenco, un impecable presentador, cada noche en este Festival, que el otro día presentaba su libro “Los flamencos hablan de sí mismos, editado por la Universidad Internacional de Andalucía. Yo también hablo de mí, de vez cuando, los flamencos somos así.

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Patricio Peñalver Ortega

Espinardo.-Murcia, España
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Mi profesión debería de ser la de lector, pero otros derroteros me llevaron a la de escritor y por ende a la de periodista. Tengo dos novelas publicadas: "El Murmullo de las Estaciones" y "Una novela sin nombre". Y otras que esperan.

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