Dicen que la muerte nos iguala a todos democráticamente, un axioma que muy pocos se atreverán a poner en duda. ¿Cuándo, dónde, cómo y por qué? Estas son las interrogantes que se hacen los periodistas para tratar cualquier noticia. Yo bajé la guardia y no las hice en una ocasión, fiándome por primera vez de todas la voces del pueblo que me indicaban que el muerto estaba muerto y resultó para gran regocijó mío, que no, que no estaba muerto, que estaba tomando cañas. Menuda alegría para mí por la resurrección de la vida, y también para otras mentes enrevesadas que vieron un flanco por donde meter el dardo envenenado de sus miserias.
En las miserias y en las grandezas, siempre hay hombres pobres y pobres hombres. Disculpen la retórica, pero he insistir en el asunto y aclarar que hay hombres pobres en lo que se refiere al sentido económico y sin embargo inmensamente ricos en lo que concierne a su vida cultural espiritual, Y por lo contrario, antagonistas, que siendo ricos son inmensamente analfabetos culturalmente y ya no digamos moralmente. Me imagino que entre estas dos franjas, también los habrá mesurados en ambas acepciones En todo caso cómo dijo aquel maestro: “tiene que haber gente p’a tó”.
Ningún momento es bueno para morir, y mucho menos el verano, porque después llegan los amigos que están de vacaciones, y se llevan la sorpresa de la enhoramala. Claro que la muerte no tiene horarios ni prisas en el calendario, como obviamente tampoco el querer.
Yo en este tema tan escabroso creo en el sino, a cada uno le llega cuando le tiene que llegar, y entonces lo mejor es que nos pesque confesaos. Contra los designios nada que objetar, simplemente recordar con amor y honrar al que contra su voluntad nos deja.
Viene todo este comento a cuento, porque hace unos días me desayuné con la noticia de que en Orihuela, su pueblo y el mío, había fallecido don Ramón Gabín Martínez, conocido por todos por Ramonet, que popularizó por TVE en programas como el Un, Dos, Tres, su Orihuelica del Señor, y me dio un pequeño escalofrío. Para mí Ramonet siempre fue un personaje entrañable.
Y lo fue, desde que a mí siete años, lo vi llegar a mi barrio con su camioneta llamando con su campanilla de mago de la palabra. Vendía con un pico de oro lotes de mantas a precios populares en aquellos tiempos en los que las rubias pesetas se desteñían en las manos, como falsos sueños. Colocaba en el primer lote la gran manta supongamos que con la efigie de un león que te iba cuidar durante el sueño, las blancas sabanas como jazmines que te harían dormir entre nubes y la colcha que por el día mantendría la estética limpia del sobrio dormitorio. A estas mantas les sumaba otras, después unas toallas, y un peine, y después todo eso te lo quería vender por cinco pesetas. Claro qué eso era imposible. Entonces él, invitaba a la concurrida presencia, y, les decía: pues bien todo este lote se lo ofrezco al que me compre por el precio de este bolígrafo que tengo en la mano. Nadie se lo creía, hasta una crédula levantaba la mano rápidamente. Y efectivamente aquel primer impresionante lote iba a parar a sus manos, por el valor del bolígrafo o del peine. Así me pareció verlo, en el baúl de los recuerdos, aunque puede que lo soñara. Más tarde el gran Ramonet siempre me recordaría al otro mago, Melquíades, de García Márquez que todas las temporadas llegaba a Macondo con sus inventos. Después allá por el año 1985 me desplazaría a hacer un reportaje sobre el Concurso Nacional de Charlatanes, por que sabía que allí estaba él. Tener don de palabra es un gran don que muchos creen tener cuando no dejan de ser unos vulgares gárrulos. Ser un auténtico charlatán en el buen sentido de la palabra y hablamos de charlatanes profesionales, no es desde luego ser un mal político o política que te vende humo por agua, otro que te endilga una moto sin carburador, o un tipo de una película del oeste que vende agua tintada por crecepelo. Eso es otra cosa, eso es un timador. ¿Qué es un Charlatán? Pues como decía don Ramón Gabín: “La base de un charlatán es un vendedor ambulante, pero no corriente. Es un señor que se sube encima de un tablao, encima de un camión o lo que sea, llama la atención con sus juegos y sus cosas, reúne al personal y entonces saca el artículo e intenta venderlo. Ese es un charlatán”. Un buen Charlatán y un gran señor fue Ramonet. Un filósofo socrático que dominaba el ágora. Despidámoslos con una de las coplas por la muerte de su padre que nos legó Jorge Manrique: “Partimos cuando nacemos, / andamos mientras vivimos, / y llegamos/ al tiempo que fenecemos; / así que cuando morimos/ descansamos. El gran Ramonet nos dejó. Descanse en paz.
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