Acabo de hacer lo que nunca había pensado que podría hacer: comprar un libro justamente el mismo día que llegaba a la librería como un pan humeante, data que ya conocía por las crónicas anunciadas que nos informaban a bombo y platillo de su lanzamiento simultaneo en España y América Latina, predestinado a ser un superventas.

Ese mismo día, en Cartagena de Indias, en la reunión del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, se homenajeaba de un tirón a Gabriel García Márquez por su 80 años recién cumplidos, por los 60 de la publicación de su primer cuento, La tercera resignación, por los 40 años de la de Cien años de soledad y por los 25 años del premio Nobel, Casi ná, y allí estaba su autor, rodeado de amigos, dispuesto a marcarse un vallenato, ante la complicidad del expresidente de Estados Unidos Bill Clinton o la del rey Juan Carlos.

Esa misma tarde abrí mi ejemplar de Cien años de Soledad, uno de los 500.000 de la tirada inicial, que compré al precio de 9, 75 euros, lo que puede costar unos cuantos cafés (Por cierto, ¿cuánto vale un café?) y nada más leer las primeras líneas, me quedé de nuevo fascinado con su principio: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

En esa misma tarde recordé la primera vez que cayó en mis manos uno de aquellos ejemplares de la primera edición de Cien años de soledad publicados por la Editorial Sudamericana que dirigía Francisco Porrúa, allá por los 70, que circulaban casi clandestinamente de mano en mano, y me metí de lleno en aquella pequeña cofradía de iluminados que hablaban a todas horas de Macondo y de los pergaminos del gitano Melquíades.

En el tiempo de aquella tarde recordé que el coronel Aureliano Buendía nada tenía que ver con aquel otro coronel que mandaba, con voz gélida, en los soldados del regimiento que cumplíamos obligatoriamente el llamado servicio militar. También recordé la cara de hielo que se le quedó, otra tarde, al soldado pongamos que López cuando después de un registro le encontraron debajo de la cama el libro Cien años de soledad, y se le cayó el mundo encima a oír al sargento de semana que le echaba tres días de arresto por leer literatura clandestina. ¿O el libro que apareció fue La vuelta al día en ochenta mundos de Julio Cortázar? Ya no sé, ha dado tantas vueltas el mundo.

En aquellas tardes en las que la Transición aún no había llegado, para ganar el tiempo que obligatoriamente nos sustraían, aquella pequeña cofradía de soldados de aquel regimiento nos intercambiamos los libros de aquellos alquimistas del realismo mágico que nos trasladaban con su peculiar piedra filosofal a otros mundos como el de Macondo y nos acompañaban sin salir de la compañía. Mundo que de repente se venía abajo, cuando escuchábamos el grito: ¡Compañía, el sargento de semana!

A cualquiera que no haya vivido aquella situación de entonces le podrá hoy parecer grotesca la calificación de Cien años de soledad de literatura clandestina, y hasta una locura. No se preocupen, y escuchen hoy las palabras de García Márquez, padre de la criatura: “Ni en el más delirante de mis sueños en los días en que escribía Cien años de soledad llegué a imaginar en asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares. Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal parecería a todas luces una locura…”.

En esta tarde acabo de cerrar las páginas de esta edición conmemorativa editada por Alfaguara, que parece que lleva en su portada unas hojas de esos árboles corpulentos llamado macondo, que son capaces de crecer hasta cuarenta metros, y que también representa a una de las figuras de los lados del dado con el que se jugaba al juego del macondo en las zonas bananeras, cuando el territorio mítico de Macondo aún no había sido inventado por García Márquez. Y ahora me veo en esa ciudad de los espejos, desde aquella primera vez que abrí Cien años de soledad a ésta otra, ante una nube de mariposas amarillas, pensando que el tiempo transcurrido ha sido un puro espejismo