Con los recuerdos infantiles y las
secuencias de las imágenes que almacenamos de forma azarosa y que guardamos en
el baúl de nuestra memoria, en fin de cuentas la esencia y el paisaje de la
verdadera patria, con esos materiales infalibles cualquiera puede hacer la
película o la novela de su vida.
Esto
mismo es lo que acaba de hacer José Saramago, que ya ha escrito muchas y
grandes novelas. Ahora con “Las pequeñas memorias” se adentra en el género de
la autobiografía o de la memoria, y dejando aparcado el simbolismo de sus últimas
obras, nos vuelve a sorprender con una narración en primera persona, con un
peculiar estilo realista tan potente, sencillo, y bello, que aunque a priori se
nos pueda asemejar fácil, a posteriori, no deja de ser un estilo naturalmente
hermoso, con un embriagador perfume que impregna a la obra.
Saramago regresa a los paisajes de la aldea en la que nació:
Azinhaga, a los escenarios de su mocedad en Lisboa, y nos dice que en esa cuna
se gestó su manera de estar y ser en el mundo: “Sólo yo sabía, sin conciencia de
saberlo, que en los ilegibles folios del destino y en los ciegos meandros del
acaso había escrito que tendría que volver a Azinhaga para acabar de nacer”.
Por las páginas de “Las pequeñas memorias”,
también nosotros viajamos con la mirada de un niño que se asoma por primera vez
al mundo con la intención de descubrir las cosas de la vida, y que va tratando
de aprehender “imágenes, colores,
sonidos, brisas, sensaciones”, mientras pesca entre los ríos Almonda y Tajo,
mientras conoce los misterios del amor, de la amistad, los celos y la
humillación, por primera vez. Y que por amor nos recuerda que escribió su
primer escrito: “Cautela, que nadie oiga/ el secreto que te digo: / te doy un
corazón de loza / porque el mío va contigo”.
La memoria de ese niño que todos llevamos
dentro, nos llevará ora por caminos de barro conduciendo una piara de cerdos, a
luz de la luna llena; ora nos contará cómo sus abuelos en las duras noches de
invierno dormían con los lechones más débiles para que no perecieran de frío. O
de cómo el abuelo cuando supo que había llegado su hora, se abrazó uno por uno
a todos los árboles de su pequeño huerto.
Estas pequeñas memorias, que por ahora se quedan
en la adolescencia, nos sirven para conocer un poco más al autor, y nos
descubren las claves de los temas de su extensa obra: grande, grande, grande.
pequeñas memorias
José Saramago
Alfaguara
179 páginas/
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