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La Coctelera

Patricio Peñalver Ortega

Un ser seco que se complace en los absurdos metafísicos

13 Febrero 2007

Mi limón, mi limonero, entero me me gusta más

Para apreciar los distintos manjares que la huerta nos ofrece no es necesario ser un excelente gastrónomo ni un militante vegetariano, bastaría con oler una buena parrillada de verduras para saber de qué estamos hablando. Ni siquiera tenemos que ser unos entendidos en arte para entender el concepto de un bodegón o una naturaleza muerta, con todas las gamas cromáticas que la madre naturaleza nos ofrece, para comprender la importancia de los frutos y hortalizas representados.

Después de este introito un pelín lírico y romántico, pongámonos otro pelín más trágicos y duros, y digamos abiertamente que en las labores de la huerta no quiere trabajar ni Dios y que además los agricultores siguen sin entender el por qué les pagan a ellos por sus productos cuatro ochavos, cuando luego en el mercado al consumidor le cobran treinta y cuatro. Tampoco yo lo entiendo, para entender esos intríngulis de la llamada oferta y demanda del mercado libre hay que ser verdaderamente un lince. Supongo que eso lo sabrán muy bien en las diversas Consejerías de Agricultura, aunque estén muy preocupados por darle palos al agua, mientras se quedan toneladas de limones en los árboles sin buscarle una digna salida comercial. Aunque pensando en las heladas de California, en la nunca llueve al sur,

Desde hace unas semanas vengo leyendo un sinfín de noticias y declaraciones sobre el limón, tantas como contradictorias y de tanto exprimir la situación, confieso que solo sé que no sé nada. Y además se me acaba de agriar el pensamiento. De manera que para salir de este limbo y antes de continuar con este escrito, voy a hacer, pero ya mismo, un acto para que me libre de este apocamiento y me invite a seguir con más ánimo las siguientes líneas que me quedan para terminar este artículo. Un acto infalible que casi nunca falla y que consiste en echarse un vale, levantarse del ordenador, sacar una cerveza del frigo, abrir una lata de berberechos y escurrirle un limón. Les prometo que al exprimir el limón y ver la transformación química que se produce con esa mezcla de líquidos que da como resultado un blancor opaco, siento algo así como una experiencia casi religiosa. Les recomiendo no usar estos actos de forma usual y a manta, estas experiencias hay que utilizarla como el riego por goteo.

Desde luego que no se gana uno el pan con el sudor de la frente escribiendo, a veces tampoco sin sudor. Aunque para llegar a ser un mileurista escribiendo les aseguró que hay que sudar la gota gorda; no confundir con la otra gota, de la fría nos libre Dios.

Pues bien, después de echar ese vale, antes se decía que en todos los trabajos se fumaba, y después de tener esa experiencia casi religiosa como si fuera por vez primera, se vuelve uno a sentar y todo lo escrito anteriormente le puede parece al albur lo mismo liviano que espeso. Sin embargo, definitivamente el estado del alma queda como que más tranquila, y el peso de la conciencia se hace más llevadero y modifica la levedad del ser

Volvemos a la crisis del limón, después de ver las manifestaciones de los agricultores que han quemado toneladas de limones y han vendido por kilos a 0,25 céntimos de euro a las puertas de las grandes superficies para llamar la atención de esos cítricos que valen su peso en oro en vitamina C. Y no entendemos como no es, desde hace ya muchos años, obligatorio la utilización del zumo del limón como acidulante en la industria, y como no se ha hecho una reestructuración del mercado que garantice la calidad y que no sature el mercado. Por un lado desde el Gobierno central se propone cortar unos millones de árboles, con subvención, con el apoyo de la Interprofesional del limón (Ailimpo) argumentando que “cada año entraran en producción nuevas explotaciones de limón fino, que era muy rentable hace unos años, pero ante el exceso de producción los precios cada vez son más bajos”. Y por otro lado desde las consejerías de la cosa dicen que es una barbaridad eliminar los árboles sobrantes porque el mercado lo ocuparan otros países y que no subvencionaran esos arranques. Mientras tanto los limones ahí siguen, ahí como si estuviéramos en los tiempos de los barbaros que los hombres se subían a los arboles y se comían a los pajaros. No corren buenos tiempos para el precio del limón, tampoco para la naranja y clementina, como aquellos otros en los que aquel payo mulato de nombre Henry y de apellido no me acuerdo, cantaba: “Mi limón, mi limonero, entero me gusta más. Un ingles dijo yes, yes, y un francés dijo oh. la,la.

De la huerta que otros se cargan ya hablaremos, o no. En todo caso, continuará.

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Patricio Peñalver Ortega

Espinardo.-Murcia, España
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Mi profesión debería de ser la de lector, pero otros derroteros me llevaron a la de escritor y por ende a la de periodista. Tengo dos novelas publicadas: "El Murmullo de las Estaciones" y "Una novela sin nombre". Y otras que esperan.

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