El sátrapa Pinochet no pudo engañar definitivamente a la muerte
Acaba de morir un gran sátrapa y curiosamente me acabo de enterar por la radio oyendo Carrusel deportivo de la Ser, en una apacible tarde invernal de domingo de esta parte acá del Mediterráneo, entre los cantos de los goles y las euforias de los aficionados que desataban sus más altas pasiones. Ha muerto el dictador, un gran terrorista de Estado, y de pronto me ha parecido oír en la otra parte de allá, allende de los mares, a un coro que en el estadio de Chile, gritaban: Gooooooool, Gooooool, Gol.
Me he acordado de las imágenes de aquel estadio de fútbol de Santiago de Chile, repleto de detenidos que esperaban el turno para ser torturados, muertos o desaparecidos, me he acordado de Víctor Jara.
Acaba de morir Pinochet, el gran traidor, el general nombrado jefe de las Fuerzas Armadas, por el Gobierno de Allende que semanas después de que éste depositara su confianza en él y en la tradición no golpista de los militares chilenos, derrocaría al primer gobierno socialista elegido por la vía democrática de América Latina, desatando un baño de sangre sin precedentes, bendecido por los americanos del Norte en nombre de su Dios, el de pasta gansa. Acaba de morir sin ser juzgado por la lentitud y la complicidad de la maquinaria jurídica.
Y ahora se aprestaran muchos seguidores a llorarle, en su sepelio de la Escuela Armada. No, nos debe de extrañar muchos de ellos también participaron en la carnicería que abrió el General. Y muchos miles se beneficiaron con sus prebendas: militares, empresarios, funcionarios y otras especies, durante el tiempo que duró ese Estado corrupto, como ahora recién se han descubierto las cuentas del dinero que robó. Ellos tienen su derecho a llorar, aunque sean lágrimas de cocodrilo.
Supongo que muchos, la gran mayoría, todos esos cientos de miles que le ganaron el plebiscito para que el dictador Pinochet dejara el gobierno se sentirán felices, ellos son los que verdaderamente consiguieron derrocarlo democráticamente.
Pinochet también se rió en vida con sus enfermedades fingidas, pero tuvo que pasar antes por la humillación de ser detenido y de hacerle saber todos los crímenes que había cometido. Pinochet, también trató de engañar a la muerte pero ésta definitivamente no perdona: tarde o temprano a cada uno le llega el momento de la mortaja.
La iglesia oficial puede que le perdone, pero no creo que al llegar al tribunal del más allá, se siente a la diestra del padre. Seguro que va directamente al Infierno, aunque nadie haya regresado para contarnos que éste verdaderamente exista; si sabemos por el contrario el Infierno al cual, él, condenó a cientos de familias. A partir de mañana, esas familias podrán descansar y salir de la pesadilla, podrán decir alegremente: “Cuando despertamos, el dinosaurio definitivamente ya no estaba allí”.
