Durante el pasado fin de semana he intentado pergeñar este artículo varias veces y otras tantas he desistido sin pasar de la segunda línea. Un asunto que me ha contrariado, ya que normalmente suelo escribir de manera automática y nunca me pone nervioso el intermitente cursor del ordenador que me indica la última palabra que he escrito.
Durante ese tiempo suspendido he estado reflexionando, una vez más, sobre la teoría de McLuhan y su sentencia de “vale más una imagen que mil palabras”. Un tema del que siempre he pensado que, según el contexto en el que se produce, también puede valer una sola palabra por mil imágenes. Lo cierto es que durante el pasado viernes 3, la razón me pedía escribir sobre el “Foro regional de la cultura” que tenía lugar en el Auditorio, y después de leer el periódico de ese mismo día se fue la razón al traste y mando el corazón, que me dio un vuelco, exigiéndome que cambiara radicalmente de tema.
El pasado viernes, el tiempo se había vuelto por fin naturalmente otoñal, había amanecido cargado con todos los grises que la paleta de un buen pintor puede conseguir, con esos grises con los que los buenos fotógrafos han hecho algunas obras de arte en blanco y negro. Como otro día, un seguro servidor, desayunaba leyendo con fruición las noticias en el periódico y hasta pude ver de refilón el careto de un tal Patricio Peñalver que firmaba el artículo: “Los penúltimos artistas murcianos del siglo XX”, que ni por asomo leí, si poder discernir si fue por la imagen o por las palabras del título.
No iba ni a la mitad del periódico cuando de pronto afuera comenzó a llover y de repente toda la gama de grises se tornaron melancólicamente oscuros, como un preludio de la noticia que iba a leer al llegar a la página 71. En la primera columna de esa página impar, la imagen fotográfica de mi buen amigo Vincent Devreux realizada por Marcial Guillén, otro buen amigo, me acababa de impactar como un rayo en el centro de mis emociones. Esa imagen valía más que mil palabras. Las palabras que acompañaba a esa foto, eran las siguientes: “El fotógrafo belga Vincent Devreux, nacido en 1963 y vinculado a Murcia durante años, ha fallecido de forma repentina tras sufrir un infarto. Colaborador en su día de Diario 16 y posteriormente de La Opinión, Devreux, muy querido entre sus compañeros era miembro de la Asociación de Informadores Gráficos de Prensa en Murcia”.
Esa imagen de Vincent mirando fijamente al espectador, posando como un artista, lo que realmente era, me llevó a otras mil y una como si fueran sueños, como si fueran aquellos “objetos melancólicos”, que dijo Susan Sontag al definir a las fotografías.
Con Vincent Devreux, compartí casi cinco años de trabajo. Durante más de dos años publiqué una entrevista, cada domingo, en la contraportada del Diario 16, llegando a la suma de más 150 personajes de la Región, pintores, escultores, arquitectos, toreros, deportistas, taberneros, etcétera. Y cada entrevista era una pequeña odisea. Muchas veces tardábamos más en hacer la fotografía que la entrevista debido a la filosofía que nos habíamos propuesto. Por un lado describir la vida del personaje en unas cuantas pinceladas y hacerle unas preguntas atrevidas. Y por el otro fotografiar al personaje atrevidamente descontextualizando muchas veces el objeto de dicha imagen y otras acentuando barrocamente el contexto. No había término medio, ni guión preestablecido. Cada semana Vincent y Marcial se ponían de acuerdo a quién le tocaba hacer la foto de la última página.
Muchas veces, en los dos últimos años, viendo las fotografías de esas entrevistas que pienso editar, contra viento y marea, me he acordado de muchas anécdotas incontables, siempre divertidas, con algunos de los entrevistados.
Vincent, amaba a esta tierra y a sus gentes, por eso no tenía prisa cuando se tropezaba con algún personaje y quería oír y oír, aprender y aprender, sin impórtale el tiempo, un tiempo que se paraba en seco. Vincent, al que le llamábamos cariñosamente “El Guiri”, no era triste ni por soleares ni se extraviaba como el de la canción del Sabina, pues para colmo hasta le gustaban las mineras y las cartageneras. Y hasta se hizo especialistas en fotos taurinas, también compartí con él páginas en la feria de Murcia, y muchas veces toreamos, fuera y dentro de la plaza, saliendo por la puerta grande. Por eso, después de terminar las últimas líneas de este artículo no me puedo permitir ni un átomo de tristeza, a él no le hubiera gustado. A Vincent le hubiera gustado que sus amigos hubiéramos echado un buen aborloque. Por eso, parodiando a Julio Cortázar: Queremos tanto a Vincent.
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