Entre la lluvia de noticias locales, regionales, nacionales e internacionales que cada día nos caen, como la pertinaz agua de estos días, una, me ha alegrado de manera sin igual. Esa noticia la protagonizaban el otro día en la Asamblea regional, el consejero de Turismo José Pablo Abellán y el alcalde unionense, Manuel Sanes, que anunciaban al unísono que el festival del Cante de las Minas había obtenido la declaración de Interés Turístico Internacional. Estamos todos, pues, de enhorabuena. ¡Flamenco para todos!, ¡Pijo!
Me parece estupenda esta distinción de carácter gubernamental, que no hace sino dar cuerpo a la realidad internacional que ya tenía el Festival desde hace ya muchos años. Y esto se lo puede afirmar, un seguro servidor, que lleva informando para la Región, España y el mundo mundial, tantos años que ya ni se acuerda. Pues, sí, así es la vida y así pasa, y tarde o temprano el tiempo pone a cada cosa en su lugar. Muchas noches he pasado durante los últimos años en La Unión y he compartido juerga y flamenco con franceses, ingleses, alemanes, italianos, japoneses, y australianos de la otra parte del mundo, que disfrutaban como si estuvieran en Macondo
A muchos padres he visto que llevaban de modo iniciático a sus hijos por primera vez, al Festival, como el coronel Aureliano Buendía del escritor García Márquez llevó a su vástago a ver el hielo. Y es que la sierra minera de La Unión tiene una atmósfera telúrica que te atrapa y te envuelve en una suerte de realismo mágico. Nadie ha escrito tanto y tan bien de La Unión como Asensio Sáez, que se inventó de La Unión real, otra literaria de aquella “Nueva California” que fue la localidad a finales del XIX, con más cafés cantantes por metro cuadrado que ninguna otra ciudad española, hasta dieciséis tuvo en una misma calle. Aquellos cafés y sus tabernas eran el ágora perfecta para exorcizar, entre vino peleón y láguenas, la dureza y la peligrosidad del trabajo, y los cantes la mejor manera de perderle el respeto a la muerte que tantas veces se cegaba con los mineros.
De aquellos orígenes y de aquellas labores en la sierra minera, ha quedado como referente cultural de primera magnitud este Festival, que a partir de ya estrenará la distinción que justamente le acaban de conceder.
Y lo celebraremos todos, todos los peregrinos que desde cualquier lugar del mundo se acercan cada año. Los unionenses de origen que se marcharon y que cada año regresan y los adoptivos de corazón que cada verano nos encontramos como si fuéramos vecinos de toda la vida. Vecinos de una imaginaria ciudad flamenca que cada tarde nos reúne en su llamada “Catedral del Cante, para darnos su cante. Un cante grande. Grande como la noticia que como agua de mayo por noviembre acabamos de recibir, esperando ahora que llegué el próximo Festival para hacer nuestro agosto particular.
Felicidades a todos, especialmente a Manolo Navarro, que conoce las tripas y el corazón del Festival. Quedan todos invitados a sumarse a esta celebración. Aún me encuentro a muchos amigos murcianos que me dicen: “Ay, llevó un montón de años queriendo ir al Festival y todavía no he ido”. Pues, nunca es tarde y siempre hay una primera vez. Y esa vez, siempre se recuerda como aquel niño al que su padre llevó a vez por primera vez el hielo, como aquel niño que vio la magia de Melquíades, que también daba un gran cante payo. La Unión también tiene sus personajes peculiares y tiene algo de Macondo y Macondo allá donde esté debe de tener algo de La Unión. Quizá ese algo pueda ser un estado de ánimo espiritual. Y además Macondo suena justamente a jondo. Ea, pues nos vamos por lo jondo dando el cante a Macondo.
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