Entre las dos Españas, la virtual que nos recrean en algunos medios de comunicación por escrito y hablado todo los días, que amanece que no es poco, gracias a Dios. Y la otra, la real, la que va a su aire y que no se deja seducir por falsos coros de sirenas y otros sicofantes y que por ende no está dispuesta a comulgar por imposición con ruedas de molinos, nos reunimos un grupo de penúltimos del siglo XX cada uno ética y estéticamente de su padre y de su madre, como si fuéramos los últimos de una Murcia filipina.
Nos reunimos para gozar comiendo y bebiendo en los salones del Hispano, para despotricar contra todos, principalmente contra nosotros mismamente, con ironía, guasa, malafollá y retranca murcianí, gracias al mecenazgo de Santiago Laborda, que más que cerrar España, quiso formular la cuadratura del círculo.
El objeto de la cita no era otro que propiciar un encuentro entre una generación de artistas de los 70 que supo engarzar con la otra de 80-90, que se comió y se bebió casi todo el néctar de la dulces noches de entonces, y que ahora está aposentada en los cuarteles de invierno. Cómo por sus nombres y por sus obras los conoceréis, ahí va la lista de los comensales, Santiago Laborda, registrador de la propiedad; Faustino Fernández, impresor; Esteban Linares, pintor; Andy, maestro de tapices; Lolo, pintor; Angel F. Saura, fotógrafo; Alberto Sevilla, pintor; Tomy Ceballos, fotógrafo; Javier Borgoños, escultor; Sebastián Mondéjar, poeta y músico; Pepe Planes, escultor; Mariano Alvarado, pintor; Ramón Garza, pintor; Pepe Cacho, pintor; Flyppi, escultor; un seguro servidor, un tal Patricio Peñalver; y el más joven de todos, Iván Planes, pintor y escultor. Sobre la agenda prevista, sólo falló a la cita, el gran serígrafo y porqué no filósofo, Pepe Jiménez, que justificó su ausencia.
Con todo ese equipo, después de las habichuelas con almejas acompañadas antes y después por un estupendo y animoso Casa Ermita, bien se podía rezar una plegaria, componer un excelso verso, esculpir sobre el aire un volumen invisible o brindar por nosotros y por los ausentes Párraga, Elisa Seíquer, Perico Pardo y Pepe Pastor, y echar discursos al aire para regocijo de los bebedores que jaleaban o interrumpían al libre albedrío.
Contar todo lo que se dijo y pasó es misión imposible, y como diría Alaska la de los Pegamoides ahora reconvertida en Fangoria: “A quién le importa lo que yo diga, A quién le importa lo que yo haga…”.
Sin embargo, sí vamos a contar alguna boutade, por ejemplo, la de que esa reunión era de una nueva plataforma: “Todos al agua, Valcárcel al río” y que pregonaba: “Agua para todos y vino para nosotros”. El ocurrente artista de cuyo nombre no me acuerdo basaba estas propuestas en que Valcárcel le había hecho un feo a esta plataforma al no aceptar la presidencia, por lo que ésta se le había ofrecido a Fuentes Zorita, que por supuesto había aceptado. Y entre col y col, un chiste fatuo, como éste, ¿que es lo qué dice Manolo Escobar desde la torre de comunicaciones del aeropuerto de Toronto?, Pues, Torontonton…, torrontontero.., terón.
Entre copa y copa, como no puede faltar en una fiesta, se cayó una copa rojo bermellón sobre el blanco España del mantel formando una mancha cromática, y un artista invitó a otro a firmarla como obra de arte. En ese instante se habló de falsificaciones, y el maestro Cacho afirmó rotundamente que los Cachos que tenía Laborda eran falsos, justificando su decir en otra afirmación no menos rotunda: “Un pintor que no se falsifica a sí mismo, no es un buen pintor”. Ahí queda esa perla, pronúnciese como lo hacía nuestro gran Paco Rabal.
Y la cosa terminó con un canto Muságelo de Santiago Laborda que nos regaló con declamación en tono y forma clásica, el paganini del asunto, eso sí, advirtiendo que en caso de ser interrumpido daría por zanjada la lectura. Se hizo el silencio. Y declamó: “Abrid ya las puertas del Parnaso, Musas, de par en par/ e iniciad vuestro canto: quiénes son los artífices, amantísimos hijos de su/ padre, que nacidos de vuestra feliz unión con Dionisio, liberador de pesares/ de la vida, en los Hispanos salones de Murcia se han congregado hoy, en este/ vigésimo sexto día de octubre, que dos veces mil y seis años tiene”.
Y prosiguió con su canto lírico compuesto para la ocasión con su loa singular para cada uno de los asistentes, mientras afuera atardecía placidamente con esas luces murcianas sobre las nubes blancas que como nadie pinta el otoño por estos pagos. Después con las Musas nos fuimos con la tarde y no hubo nada, sin darle importancia a lo que tampoco lo tenía. Otro día.
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