Libertad de expresión, sin ira
¿Qué es la libertad de expresión? Esa misma pregunta me la acabo de hacer yo, y ese es el quid de la cuestión del presente comento. ¿Dónde empieza y dónde acaba?, esa es otra cuestión que al parecer cada cuál entiende a su manera. Desde las posiciones de los intolerantes a las de los dialogantes, cada uno coge el toro por donde quiere en este ruedo ibérico, y lo que para unos son banales insultos para otros no dejan de ser un simple ejercicio de crítica.
Después de las palabras pronunciadas por Benedicto XVI en Ratisbona, cuando estábamos a punto de salir del paisaje después de la batalla, que nos habían dejado las diversas formas de interpretarlas, y aún sonaban los últimos ecos, nos llega desde la ópera de Berlín otra nueva batalla con mucho ruido. En esta ocasión ha sido la propia autocensura la que ha hecho que la obra Idomeneo de Mozart, ya programada, con un montaje que presenta las cabezas cortadas de Buda, Jesucristo y Mahoma, haya sido suprimida por miedo a las represalias hipotéticas de los islamistas. Y un montón de voces se han alzado.
Algo parecido ocurrió hace unos días, en la forma y en el fondo, con la obra. “Lorca eran todos” dirigida por Pepe Rubianes en el Teatro Español de Madrid, que estaba programada desde el día 19 al 24 de septiembre, cuando un sector de la sociedad creó un ambiente agresivo desmesurado, al decir del propio Rubianes, en el que se vieron envueltos desde el alcalde Alberto Ruiz-Gallardón hasta el director del teatro Mario Gas.
Y es que en esta polémica política, que nada tiene que ver con cuestiones teatrales, ya llueve y mucho sobre mojado desde las patrióticas declaraciones que el actor Pepe Rubianes hizo el pasado 20 de enero en un programa de TV-3, en las que en entre otras lindezas afirmaba: “Que se vaya a la mierda la puta España”, a pesar de que el actor emitió el día 28 de enero un comunicado en el que pedía disculpas por sus palabras y aclaraba que en sus comentarios sobre España se referían sólo a la “España retrograda, reaccionaria y fascista”. Y ahí quedó la cosa, al parecer larvada, hasta nueve meses más tarde que se ha reabierto si cabe con más virulencia.
Yo puedo estar en desacuerdo con los contenidos y el tono de las críticas de Pepe Rubianes. Es más, me puede importar y mi importa un pepino todo lo que diga, porque entiendo que lo dice desde la condición de payaso de la farándula y no doy crédito político a lo que pueda decir un bufón profesional, esto es una cosa. Y además quien se moleste por sus declaraciones lo puede llevar a los tribunales.
Y otra cosa, es el hecho teatral, aquí tengo que estar de acuerdo con los centenares de artistas que el otro el día emitían el siguiente texto: “manifestamos nuestro rechazo a cualquier interferencia política en el terreno abierto libre de la cultura; hechos de esta naturaleza no pueden afectar la gestión de un teatro público que desde la llegada del actual equipo directivo, ha abierto sus puertas a la escena contemporánea nacional e internacional con una programación plural de indiscutible calidad y con gran afluencia de público”.
Estos centenares de artistas se referían al Teatro Español de Madrid, quizá por eso mismo, desde la libertad de expresión mucho menos entendí las declaraciones del director del Teatro Romea de Murcia, Lorenzo Piriz-Carbonell, que ya tuvo sus más y sus menos con esa libertad de expresión que cada cual, como decía, la entiende a su manera, que al presentar la programación de la presente temporada, dijo que él nunca contrataría una obra de Pepe Rubianes porque son muy malas. Yo creo que estuvo un pelín desafortunado. También en teatro hay gustos para todas las gentes. Y un teatro público como el que él dirige debe de programar un teatro para todos. Por la misma razón, ya que donde las dan la toman, también algún grupo podía pedir su dimisión por su pongamos mala programación.
Cuando se confunde lo que opina el actor con las obras que hace, cuando se mezcla la política con los hechos teatrales e interviene la censura, mal asunto.
¿Qué es la libertad de expresión? Me lo vuelvo a preguntar y no sé donde empieza, pero sí sé donde acaba. Y aquí acaba ahora la mía, sin ira.

Ottinger dijo
Es verdad que no hay que confundir la obra con el actor qu el ainterpreta. Pero tampoco debemos confundir lo que es un Teatro Público con las subvenciones y los dueños de las subvenciones, que no son los ciudadanos de cuyos impuestos salen sino de los señores plíticos que las conceden.
7 Octubre 2006 | 02:41 PM