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Terra
La Coctelera

Categoría: literatura

El tiempo entre costuras: libro del año

 

No sé sí como decía el poeta cualquier tiempo pasado fue mejor, pero el caso es que a veces el tiempo parece que vuela, de pronto se nos ha ido el verano y ya tenemos las primeras hojas de otoño a punto de caer, sí hasta parece que fue ayer que los sindicatos anunciaron un Huelga General y ya la teníamos a la vuelta de la esquina, y ya pasó.

Se nos fue el verano y terminó mi periplo narrativo por los festivales flamencos de La Unión y Lo Ferro y la feria taurina de Murcia, terminaron mis escritos en torno a la cosa cañi: flamencos y toros, que a fin de cuentas es lo único que nos va a quedar como algo original, ante esa uniformidad cultural anglosajona que se nos sigue ofreciendo y consumimos compulsivamente en nuestra era postmoderna, sin apenas sentido crítico ni reflexivo.

Terminó mi periplo narrativo, decía, por los intricados caminos de la cosa cañi y ya estoy aquí de nuevo, en la sección opinión, con mis lectores que son pocos y no huyen y que tal vez ya me echaban de menos, o  tal vez no.

Así que, ya una vez situado ante la pantalla del ordenador, viendo como parpadea intermitentemente el cursor, me he puesto a pensar en el tema que me tocaba escribir, y, entre pespuntes y pespuntes, todos los hilos me han llevado a una madeja; a un artículo veraniego, ya escrito, que se había quedado olvidado en el congelador. Y que continuación corto y pegó. El artículo se llamaba El libro del verano, el libro de María Dueñas" y así empieza: "El pasado verano  nos llegaba, como antaño venían las suecas ligeras de ropas y de equipajes, la trilogía del escritor Stieg Larsson y entre tumbonas y hamacas, los tres libros que triunfaban bajo el sol eran "Los hombres que no amaban a las mujeres", "La chica que soñaba con un bidón de gasolina" y "La reina en el palacio de las corrientes  de aire". ¡Qué bonitos títulos! Entonces, el comentario primero o yo ya voy por el tercero, o me gusta el segundo más que el otro. Lo cierto, es que los más común entre los lectores, mayoritariamente féminas, o jóvenas, era el de yo estoy leyendo el títulos de la trilogía tenían a mujeres como sus protas y eran ellas las que como suecas leían mientras se tostaban al sol, obviando las miradas de los mirones, o tal vez no. Pues de todo hay en esta viña del señor, y por haberlas, haylas, que le gustas lucir y exhibir sus cuerpos cañi.       

Otro verano, un 9 de junio de 2009 se lanzaba al mercado "El tiempo entre Costuras" de María Dueñas y aparecía sibilinamente en las complicadas mesas de novedades de las librerías en las que unos libros empujan a otros al abismo, con tal de ganar la gloria momentánea. El libro de María Dueñas pasaba casi inadvertido.

Entre costuras y modas, entre verano y otoño, invierno o primavera, el libro de María Dueñas desde entonces ha ido de boca en boca, y no como la falsa monea, que sí Pepita le decía a Lourdes que estaba muy bien, que sí Isabel  manifestaba que a la cuñada de Antoñita le parecía superinteresante, y, así como la vida misma, de boca a oído el libro ha ido escalando puestos en la lista de los más vendido, desde entonces se sigue manteniendo en esas mesas de novedades, hasta llegar a ser el libro del verano.

Las aventuras y desventuras de la joven modista Sira Quiroga, en su viaje por el Marruecos colonial, por las ciudades de Tetuán y Tánger, entre Madrid y Lisboa, parece que engancha desde las primeras páginas. En las últimas semanas he visto a muchos políticos de ideas contrapuestas, entre ellos al presidente Zapatero, que elegían este libro como lectura de verano. Algo tiene que tener este libro cuando une más que separa".

Después de terminar de leer el artículo que entonces había titulado: "el libro de verano, el libro de María Dueñas", ya recién comenzado el otoño he observado que la editorial lo está publicitando, en diverso periódicos, como el libro del año. Y entre las costuras y el tiempo, he sacado del congelador el artículo mentado para airearlo, haciéndole un pequeño dobladillo.

 

 

Maestro de la literatura y de la vida: obrigado Saramago

 

 

Supongo que cada uno a su manera se prepara para recibir la noticia del último adiós, como supongo que nunca encontramos las palabras precisas para expresar lo que sentimos cuando definitivamente se nos va un ser un querido, cuando hay ya que poner un punto y final. En el caso de un amigo, a uno le gustaría ser un gran poeta como Miguel Hernández para escribir la más bella elegía.

La noticia de la muerte de José Saramago me llegó en la duermevela de la siesta del viernes 18, entre la ensoñación y la realidad, de repente me despertó la suave voz de la locutora para dar la noticia que en el ensueño que ni creía ni quería oír. Después de unos minutos me recompuse y pensé que a Saramago no le gustaría que en ese trance nadie sufriera o estuviera triste. Y me acordé de que él ya le había visto el rostro a la Parca, en su libro Las intermitencias de la muerte, que comienza y termina con la frase: "Al día siguiente no murió nadie", recordaba que a Marcel Proust la muerte se le apareció en la figura de una mujer gorda vestida de negro. En ese libro Saramago filosofa y nos recuerda que monsieur de Montaigne nos dijo que filosofar es aprender a morir.

Ahora, días más tarde, ya puede estar uno más tranquilo después de haber visto la reconciliación definitiva del pueblo de Portugal en sus actos fúnebres. Ahora después de haber leído una gran mayoría de excelentes artículos y algunos otros tan extravagantes como míseros, me apetece pergeñar unas líneas en su honor.

Ahora, Saramago obrigado, maestro de la literatura y de la vida en el más puro sentido cervantino, me encuentro en la necesidad ética de decirle que siempre fue un hombre bueno en el sentido más hondo de la palabra, humilde y solidario, y que seguirá siendo un gran escritor universal. Ahora que estará más tranquilo, después de todo este trajín inevitable, le voy a contar que tampoco yo lo pasaba bien en mi inocente osadía.

 Durante los últimos años he tenido la gentileza y la suerte (gracias, Pepe Belmonte) de reseñar las últimas obras de Saramago en el suplemento literario Ababol de este diario nuestro de cada día, reseñas que he hecho más con el corazón que con el raciocinio. Supongo que quizá a José Saramago le hubiera gustado que esas reseñas las hubiera realizado alguien con menos corazón y más enjundia, claro que por la misma conjetura puedo suponer que no. Supongo que mis improbables lectores entenderán estas hipótesis, en todo caso si ponerme estupendo, también les diré que las interrogantes planteadas ya quedan entre José y yo.

Conocí a Saramago, cuando aún no era tan famoso como lo fue a partir del Nobel del 1998, en un salón de actos. Antes de dar una conferencia, ahí estaba sólo con su planta de hidalgo a un metro de mi vista. Lo miré y me miró con esa agudeza magnética, así una y otra vez y no me atreví a intercambiar unas palabras. En esa disquisición llegó una atractiva locutora de T:V.E. que me dijo: "Ay, no sé sí querrá que le haga una entrevista". Yo volví a mirar al maestro, cogí a la chica por el brazo y después de estrechar la mano del maestro la dejé a su lado; la locutora le hizo una estupenda entrevista y quedó prendada.

Y así pasó el tiempo y yo publiqué una y otra novela. Y se me ocurrió otra osadía: enviarle mis novelas y mi particular visión sobre sus obras. Y el maestro no respondió una sino dos veces. Nos le digo lo que comentaba sobre mis novelas, porque no viene a cuento, pero sin embargo sí les aseguro que sus cartas no son unas respuestas por cortesía. No, el maestro se dejaba su tiempo para atender la correspondencia y no precisamente con palabras baladíes. Tengo dos hermosas cartas, para saber lo que estoy diciendo, una extensa escrita en portugués, toda una pieza literaria; otra más corta escrita en castellano, no menos sustanciosa. En una dice: "Digo à vezes que as chamadas obras completas de um autor só seriam realmente completas se com elas se publicasen também as cartas que recebeu dos seus leitores. Num tempo em que tanto se fala da recepcao, ñao vejo melhor maneira de dar real substância às teorias que sobre a recepcao se tem elaborado que prestar atençao a esses documentos, muitas vezes interessantes e nao raro extraordinários. A sua carta entra nesse número". Supongo que entenderán, como yo, la intensidad de estas palabras así como la relación que Saramago tenía entre su obra y los lectores. Y supongo que entenderán, mejor ahora, el título de este artículo: Maestro de la lieratura y de la vida: Obrigado Saramago.

 

PATRICIO PEÑALVER ORTEGA

EN EL BLOOMSDAY Y EL DUBLIN DE JAMES JOYCE

 Hay libros que te marcan y que te dejan una ininterrumpida estela a la que tarde o temprano siempre acabas regresando, uno de esos universales libros ilegibles y raros para algunos e imprescindibles para otros es el Ulises de James Joyce. Tal que un día 16 de junio se celebra el Bloomsday en Dublín conmemorando la odisea viajera del personaje principal del libro, Leopold Bloom, que sale a pasear una mañana de 1904, en torno a las calles de la ciudad dublinesa, una ciudad sin límites.

No son pocas las veces que he escuchado: "No he podido acabar este libro", "lo he intentado pero no lo llego a entender".  Joyce aconsejaba a sus amigos que releyeran despacio La Odisea, antes de abordar Ulises. Incluso, en vísperas de la publicación, a Djuna Barnes en el café Les Deux Magots, le dijo: "Lo malo es que el público pedirá y encontrará una moraleja en mi libro, o peor, que lo tomará de algún modo serio, y, por mi honor de caballero, no hay en él una sola línea en serio".

Muy en serio leí por primera vez 1979 el Ulises de aquella edición de Bruguera-libro amigo, con las certeras notas y espléndida traducción de J.M. Valverde, y nada más comenzar la primera página, no pude parar. Una tórrida tarde de agosto de 44 grados a la sombra de unas hermosas jacarandas, se presentó frente al libro un amigo y me saludó, quería  platicar un rato y yo le espeté que no tenía tiempo, que no podía dejar de leer. No sé si fue esa tarde, u otra, en la que en el mismo banco estaba esperando la cita con una muchacha en flor que nunca llegó, y de pronto una paloma defecó sobre mi pensamiento dejando un perfume agreste en mi cabeza. Yo pensaba que me había caído desde la jacaranda un ramillete de flores violáceas, pero ¡Cá! Muy serio, seguí leyendo sonrientemente.

Bastantes años más tarde, regresé a la estela como el Ulises que regresa a su casa después de la Odisea, y quise celebrar aquel 16 de junio a la manera joyceana: ya tenía el te y las tostadas, me faltaba los riñones de cerdo. Me dirigí a un amable carnicero y le solicité unos riñones frescos, le expliqué que eran para freírlos y celebrar el Bloomsday, que este era el desayuno de Leopold Bloom, un personaje de libro. El carnicero muy serio me indicó sonriendo: "Yo no digo ni que esté bien ni que esté mal, cada uno es como es, y hay gente pa'tó. Al final, los dos coincidamos que en lo referente a celebraciones, extrañas o populares, un día era un día; por cierto, lo riñones estaban muy buenos.

Tal día como un tal 16 de junio comenzaran los peregrinos su recorrido por los lugares emblemáticos del Dublín de Joyce, desde la torre mítica Martello.

Un 16 de junio de 2008 acudió por primera vez al Bloomsday el escritor Enrique Vila-Matas con el propósito de asistir a la ceremonia fundacional de la Orden del Finnegans, aunque esta orden imaginaria y por oposición con el ritual cada vez más turístico sólo comparte, un lugar común, la Meeting House Square, la plaza del Temple Bar, que es el espacio en que cada año acude gente del todo el mundo a leer el Ulises.

Enrique Vila-Matas hace unos meses publicó su libro Dublinesca: su particular homenaje a al Dublín de Joyce. Su amigo el escritor Eduardo Lago, director del Instituto Cervantes de Nueva York y miembro fundador de la Orden del Finnegans, dice que "el Dublín de Dublinesca es más verdadero que el que pisa el viajero o aparece en las guías, porqué en él se superponen como sucede siempre en el universo de Vila-Matas, multitud de planos, algunos de los cuales no se encuentran en la realidad.".  

Estoy totalmente de acuerdo con estas apreciaciones de Eduardo aunque en realidad aún no haya leído la novela, para el caso les podría decir a ustedes que ya la he leído y realmente daría lo mismo. En esa realidad, leyendo las apreciaciones de algún que otro crítico con cara tontucio y aires de querer ser el gran Clarín de la época, que pone muy bien a la novela, y se reclama vilamatiano, yo me sitúo en otra realidad imaginaria, en otro plano. Yo con este tipo de vilamatianos, no voy ni al pico de la esquina. A mí ya me ha marcado algún que otro libro de Vila-Matas, tal vez este 16 de junio me decida con Dublinesca. Mientras tanto, permítanme los miembros de la Orden del Finnegans que comparta con ellos este Blooomsday con una fría y espumosa pinta de cerveza. Salud.

 

 

Miguel Hernández, un misionero de la cultura

 

Ya está todo a punto para que  los motores del año hernandiano del 2010 se pongan en marcha y los versos y la vida del poeta se propaguen frutalmente con nuevos bríos por los cuatro puntos cardinales; como en el paquete del centenario entra todo, estemos ojo avizor a los revisionistas y sus adlátares que piensan que cualquier pasaje se puede trastrocar caprichosamente ad libitum, pues sí ya son bastantes las necedades, la medias verdades y las fantasías delirantes que se han dicho y escrito, me temo que no son menos las que nos esperan. Ninguna de éstas, sin embargo, empañará la más hermosa: los versos del poeta volverán a ser leídos por miles y miles de nuevos lectores.

Dos fechas jalonan su centenario: la de su nacimiento un 30 de octubre de 1910 y la de su muerte un 28 de marzo de 1942. La de su nacimiento en la casa de un modesto tratante de ganado le marcaría para siempre en su amor a la naturaleza y a la estética, con sus labores de pastoreo, después de abandonar las enseñanzas escolares de los jesuitas a los 14 años, hasta el momento de la decisión formal de querer ser poeta. También su formación cultural que será la de un autodidacta apasionado, entre luces y sombras, siempre en busca del tono que le permita hallar su propia voz poética. A los 21 años, después de haber publicado sus primeros versos con el título de Pastoril en el periódico oriolano El Pueblo, realizará su primer viaje el 30 de noviembre de 1931 a Madrid con las alforjas vacías y el ánimo henchido para darse a conocer en la villa y corte. Después de permanecer, casi seis meses, y de pasar numerosas calamidades por la falta de dinero y de trabajo, sus esperanzas se verán truncadas y tendrá que regresar abatido a su pueblo el 15 de mayo de 1932.

Sin embargo, las enseñanzas de este primer viaje no caen en saco roto. La voz poética de Miguel comienza a evolucionar, después de haber conocido las últimas tendencias y de vivir  lo que se estaba cociendo día a día en la ajetreada vida cultural de la capital republicana.

El poeta, no se amilana, y comienza una nueva cosecha de versos de lo que será su primer libro Peritos en Lunas que verá la luz en enero de 1933 en la colección Sudeste del periódico La Verdad. El poeta ya tiene libro, y de nuevo prepara nuevo viaje hacia Madrid. En su quehacer autodidacto, con este libro escrito en octavas reales siguiendo la estela de Góngora, el poeta se enriquecerá cultivando el lenguaje culto, aprehendiendo el valor de la metáfora, mientras lo mezcla con el tono popular del acertijo. Y ya de nuevo en Madrid, con la amistad de José Bergamín que le publicó en la revista Cruz y Raya dos actos de La danzarina bíblica y le adelantó 200 pesetas y la de Pablo Neruda; la voz poética de Hernández dará un cambio radical en la forma y en los contenidos de sus versos, y también su vida al encontrar un trabajo que consistirá en escribir biografías de toreros en la enciclopedia Los Toros, de José María de Cossío y ganar los primeros cuarenta duros como jornal. El poeta ya comenzaba a estar en su ambiente cultural, entre tertulias literarias, y sus contactos con el grupo de La Escuela de Vallecas: el escultor Vicente González Gil, la pintora Maruja Mallo, Alberto Sánchez, Benjamín Palencia, entre otros, y ya había conocido a María Zambrano, a Rafael Alberti, Luís Cernuda y a Federico García Lorca.; también a Vicente Aleixandre. En ese ambiente vanguardista, la ruptura estética con su amigo Ramón Sijé ya estaba más que consumada.

Como no podía ser de otra manera, un hombre autodidacta, hecho así mismo a base tropiezos en un camino no precisamente de rosas, conocía el valor que tiene la cultura. Así que a principios de enero de 1935, se enrola en las Misiones Pedagógicas. Por entonces el campesinado español era en su gran mayoría analfabeto con más de un 44% de la población. Muy pronto las actividades culturales comenzaron a suscitar el interés de los más desfavorecidos por los diversos pueblos y zonas rurales que pasaban, provocando los recelos de los caciques locales y también del clero, por la oportunidad que tenía la población para ser alfabetizados y ser más exigentes en sus reivindicaciones laborales.

Las Misiones Pedagógicas se crearon el 29 de mayo de 1931 se crearon para difundir la cultura general y para ofrecer una moderna orientación docente que llevara la educación ciudadana a aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural. Dependían del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, y estaba dirigido por una comisión central. El patronato de las Misiones estuvo presidido Manuel Bartolomé Cossío, y entre sus vocales estaban los poetas Antonio Machado y Pedro Salinas, siendo su secretario Luís Álvarez Santullano. El motivo central era considerar la cultura como un bien común y no algo reservado para las clases privilegiadas. La idea ya venía de la Institución Libre de la Enseñanza, ya en 1881 Francisco Giner de los Ríos había propuesto una serie de medidas para la reforma de la institución pública que incluía la idea de las Misiones ambulantes, con un servicio de biblioteca, museo del pueblo, cine, coros musicales, teatro del pueblo y sección de música.

Entre esas manifestaciones de la Misiones Pedagógicas, también se encontraba el teatro ambulante de La Barraca que dirigía Federico García Lorca. Precisamente en Murcia se presentó en el Teatro Romea con La vida es sueño de Calderón, con una realización plástica de Benjamín Palencia y el entremés de la escuela cervantina Los dos habladores, con decorados y trajes del pintor Ramón Gaya, y otro. Con motivo de esa representación del 3 de enero de 1933 se produjo el primer encuentro entre García Lorca y Miguel Hernández, propiciado por los amigos comunes de ambos: Raimundo de los Reyes y José Ballester. Miguel Hernández ya había tomado contacto con el grupo de la Revista Sudeste, para editar Perito en Lunas.

La fascinación que debió de sentir el joven Miguel por estas manifestaciones culturales debió de ser enormísima, nadie como él conocía las carencias económicas de los agricultores, o la falta de dinero para poder comprarse un libro. Y sin embargo, su decisión de ser poeta en un ambiente hostil seguía siendo su razón de vivir, una decisión insoslayable que ya no tenía punto de retorno.

Las Misiones Pedagógicas concentraron todo su interés en la educación de los adultos más marginados y su mayor esfuerzo consistió en la creación de pequeñas bibliotecas en el medio rural, para que los libros llegaran a los rincones más recónditos del país. El servicio de Bibliotecas, coordinado por el poeta Luís Cernuda y los bibliotecarios María Moliner y Juan Vincens de La Llave, fue el más importante de los siete que tenía el patrimonio, llegando a crear 5.522 bibliotecas. El ritmo de creación se paró con los recortes de los gobiernos conservadores desde 1935, que redujeron los presupuestos, a los que Américo Castro denominó: dinamiteros de la cultura. Otros servicios eran lo de música, en algunos pueblos se dejaban un gramófono y una colección de discos que se iba renovando con el tiempo. Cine y proyecciones, en mucho de los pueblos impresionaba ver las imágenes por primera vez y las personas sentían fuertes emociones. Coros y teatro del pueblo, con una selección piezas, formado por más de 50 actores. Un museo circulante con copias de cuadros del museo del Prado y de la Academia de San Fernando. Un retablo de fantoches, guiñol, que se movían por lugares más lejanos y complicados de llegar hasta ellos. Y unos cursos especializados para maestros.

 La duración de las Misiones iba desde un día hasta otras de quince, y no lo solían tener nada fácil en los pueblos o aldeas dominadas por las fuerzas conservadoras, que previamente ya ponían, en muchas ocasiones, a la población en contra de dichas manifestaciones. Claro que nada podía con la ilusión de los misioneros y bibliotecarios, que con su entrega desinteresada eran el motor de esta aventura literaria, formada por maestros, profesores, artistas, jóvenes lectores, y personalidades como la filósofa María Zambrano, Alejandro Casona, José Val de Omar, Ramón Gaya (del gran pintor murciano también se celebra su centenario en 2010) o Carmen Conde, Juan Bonafé y Eduardo Vicente.

Miguel Hernández, decía por 1935, de su experiencia en las Misiones Pedagógicas por la provincia de Salamanca: "He hecho una sola misión y ha sido por tierras, mejor dicho, por piedras salmantinas. Inolvidables para mí los espectáculos de los cuatro pueblos en que estuve y sus gentes de labor... Recuerdo sobre todo una mujer con cara de terreno labrantío...
Como el viaje fue por los finales de abril, salí a cuerpo limpio para allá. El frío me cogió, y tuve que pedir auxilio a la capa del alcalde en el primer pueblo, a la del maestro en el segundo, a la de un labrador en el tercero y a la de otro en el cuarto"
De las reacciones que suscitaban los misioneros, Miguel lo deja muy claro cuando narra el siguiente episodio: "Otro suceso: los campesinos de Ahigal de Villarino nos recibieron -éramos tres los de la misión- recelosos y cejijuntos. Preguntamos al maestro el porqué de aquella actitud y nos dijo "Creen que venías a platicar contra don... -el dueño de aquellos campos, no hago memoria del nombre-: y dicen que si es así os iréis malparados." Tan diferentes nos hallaron de lo que ellos pensaban que dormimos en la casona de don... no sé cómo y aquella misma tarde iban hombres y rapaces dando calles abajo la noticia y la hora de la función, que así designaban nuestra labor, con caracolas y cencerros alborotados". A continuación el poeta, que debió de pasar mucho frío, sigue contando con humor las peripecias por los campos salmantinos: "Otro suceso: en el último pueblo hicimos la segunda misión en pleno campo, proyectando el cine contra el muro de la iglesia. Era cosa de ver los labradores sentados sobre arados y carretas volcadas, la cigüeña de la torre asustada, los candiles con que alumbrarnos en la vara levantada de un carro, las estrellas temblando de frío por mí, y yo envuelto en mi capa parda de un labrador".

De estas misiones de Miguel por tierras salmantinas ha realizado un gran trabajo el poeta y profesor José Luís Puerto.

De las Misiones Pedagógicas que junto a Enrique Azcoaga, hizo Miguel por tierras de La Mancha en la primavera de 1936, el poeta oriolano escribe una carta dirigida a su esposa, Josefina, con membrete del Hotel Castilla en Puertollano, provincia de Ciudad Real, y fechada en marzo de 1936, donde dice al respecto: "Aquí me tienes ya; hubiera querido escribirte ayer mismo que fue el día de mi partida a Madrid a esta provincia de Ciudad Real. Estoy muy cerca de Andalucía, pero no paso a ella. Me ha impedido escribirte ayer mismo no saber si me podías escribir a un punto fijo. Hoy viernes ya lo sé y te pido me escribas  a la dirección ésta:
Miguel Hernández. Hotel Castilla. Puertollano (Ciudad Real)..."

Y por esas mismas fechas, también le escribe a Don José María, y le dice: "Querido Cossío:
Me acuerdo de usted. He pasado por el corazón de Sierra Morena y me he sentido un poco Tempranillo. En el pueblo en que me encuentro en este momento-Puertollano-hay dos o tres tabernas con nombres taurinos y una placita muy graciosa. Perdóneme, si no voy cuando le advertí que iría. Se va a prolongar la misión más de lo que yo creía ¿Cuándo marcha a Pamplona? No tengo lugar fijo y no podré recibir noticias suyas. Le abraza afectuosamente su taurino y gran amigo. Miguel. Adiós".

De esos años, de aquellas Misiones Pedagógicas, de la vida del poeta, diría más tarde su amiga y también misionera, María Zambrano: "Era un creyente. Y creyó siempre en lo mismo, en el rayo que no cesa y en el amor que no acaba".

A punto ya de entrar en el año hernandiano, vamos a asistir a un sinfín de actividades culturales: musicales, poéticas, pictóricas, cinematográficas, entre otras muchas, en honor del gran poeta oriolano.

Entre las inevitables fotos, merecidas u oportunistas, entre las administraciones locales, autonómicas y estatales y entidades que patrocinan el año hernandiano: ¡Ojalá llueva poesía!

Miguel Hernández, un gran misionero de la cultura, vivió por y para la poesía. Y por sus ideas republicanas, lo dejaron morir en la prisión de Alicante. Al estallar la guerra incivil, el poeta se alistó en Quinto Regimiento. El poeta Juan Ramón Jiménez, se preguntaba: ¿Qué deben hacer los poetas en la guerra? Y respondía: La poesía como todo lo esencial es eterna, no se modifica con las circunstancias. En todo caso, el poeta cumplirá con su deber y su conciencia, dejando, si es preciso, su trabajo literario propio de la paz, y poniéndose con su ideal. Y su ejemplo"

 En el poeta oriolano: vida y poesía eran lo mismo. Por decirlo de otra forma, lo haremos con las palabras del poeta Antonio Gamoneda: "La poesía es, en mí y en otros muchos, naturalmente, un componente de mi vida; lo es hasta en términos biológicos (mi presión arterial se eleva en los tiempos de creación). No hay fantasía en la inclusión de la raigambre de la poesía en las memorias de mi vida".

 

 

 

 

 

 

 

El relámpago inmóvil

 

La vida de cualquiera de nosotros en alguna ocasión se nos puede asemejar a los capítulos de una novela, en la que los minutos pueden parecernos horas en el sufrir o las horas minutos en el gozo, cuando de pronto, por ejemplo, nos encontramos inmersos en un acontecer que nos sorprende y quedamos atrapados en una tela de araña, mientras vemos pasar la vida en la intimidad de la alcoba como las páginas de esa novela. Es, pues, en esos momentos cuando uno puede exclamar aquello, de lo que a mí me está pasando es digno de ser escrito, parece de novela

 En esas ocasiones la vida puede ser pura literatura y en otras la literatura se transforma en vida. Esta última sensación es que la tengo como lector, después de acabar de leer El relámpago inmóvil de Pedro García Montalvo. Una sutil y hermosa obra literaria.

Así comienza la novela: "El amor no tiene origen, era antes del principio. El odio, en cambio, siempre tiene una causa. Esas palabras habían vuelto a la conciencia de Adrián la noche anterior, pero no pudo recordar en qué momento de su vida las había escuchado, ni quién las había dicho".

Los personajes principales Adrián e Inma, de pronto, sacudidos por la desgracia de un accidente, se verán privados de la presencia de sus dos hijas y abocados al vacío. La desgracia de las dos nietas del senador Mateo Salazar, no saciaran el hambre de venganza que el financiero Cecilio Toval tiene contra los Salazar, y a toda costa querrá arruinar al matrimonio formado por Adrián Salazar e Inma, aprovechándose de la irrupción de una fotografía que los compromete. Con la tragedia, el rencor, la venganza, la culpabilidad, la fragilidad del amor y su fuerza reparadora, entre luces y sombras, se desatara un mar bravío de sentimientos con apenas seis personajes principales y unos pocos secundarios, que nos tendrá en vilo hasta concluir la última página, mientras deambulamos de un extremo a otro del Madrid actual. Madrid no solamente es el marco de esta novela, también es el lienzo en la que el autor con precisas pinceladas la recrea como un personaje central. A comienzos del capítulo segundo, podemos leer: "Tres semanas después, el anochecer iba cayendo en una zona céntrica y residencial de Madrid, en una calle arbolada del Viso, que descendía desde su parte alta hacia el Paseo de la Castellana, una calle enhebrada por hilos de alegría, de dolor, de vida, con el resto de la novela de la ciudad".

La ciudad en la que transcurre El relámpago inmóvil, una extraordinaria y hermosa novela, es la ciudad literaria de Pedro García Montalvo, en la que anda cervantinamente como Perico por su calle, ya desde su primera novela El intermediario que publicó 1983. Su segunda obra es más explicita al respecto: Una historia madrileña publicada en 1988 fue llevada al cine con el título La viuda del capitán Estrada por José Luis Cuerda. Sin embargo, Murcia es la ciudad en la nació, vive y escribe. Desde luego que no nada baladí escribir en  provincias, desde la periferia, y llegar al cogollito literario de Madrid o Barcelona, y más siendo reacio a los eventos y a la vida literaria de la corte y el reino, en la que se cuecen y se reparten los cánones. Y Pedro, ya lo ha conseguido. Garcia Montalvo  es un escritor de escritores, un novelista de culto para letraheridos que siempre esperan sus libros; a los que cada vez más se suman nuevos lectores.

A mí parecer, uno de los mayores aciertos de García Montalvo, es el saber captar y plasmar los recónditos lugares del alma femenina, como Flaubert lo hace con Madame Bovary, mientras narra con la precisión poética de Proust los avatares de los personajes. Retomando el hilo de El Relámpago inmóvil, veamos como nos sitúa a los padres que han perdido a las niñas y a su familia, después de la tragedia: "No es que las personas afectadas sigan viviendo en ese pasado más o menos reciente. Es que para ellas el presente no termina de presentarse del todo, no acaba de ser, para poder pasar. Tal presente es casi más un espacio que un tiempo hecho de instantes. Y lo habitan a la espera del definitivo tránsito de ese presente, esperando que cese el fulgor de ese relámpago inmóvil que los atenaza, un relámpago quieto que los ciega para otra cosa que no sea su terrible luz, y en cuyo interior su vida parece detenida, pasmada".

Ese pasmo, ese gozo del vivir y de la lectura, es también lo que nos ocurre después de concluir esta gran novela, en la que la literatura es vida y la vida puede ser literatura.

 

                                                                                    

 

Ausencia de tiempo

 

Después de leer las páginas de esta extraordinaria obra que principia cuestionando los principios bíblicos del antiguo testamento, desde Adán y Eva y que redime a Caín del crimen sobre Abel, desde una heterodoxa interpretación de los textos sagrados: subyugante provocadora y atrevida; Saramago nos coloca otra vez, con un punto de vista histórico y teológico, ante la  antesala de la reflexión activa, desde la ficción narrativa. Ya lo hizo con otra obra El Evangelio según Jesucristo, entonces sobre textos del nuevo testamento. Después de terminar esta narración apasionante, que no deja de ser un irónico viaje literario audaz y humorístico en su tono y estilo, una vez concluida su última página, arrajatabla podemos afirmar que estamos ante una gran novela, que se nos asemeja corta, y que no dejará impávidos ni a tirios ni a troyanos.

Decía José Saramago: "Yo no escribo para agradar ni para desagradar: yo escribo para desasosegar". Que cada lector interprete esa manera de estar en la literatura del premio Nobel como le plazca, que cada uno o una lea Caín, con prejuicios religiosos o sin ellos, al final de la lectura, no vamos a encontrar simplemente con una estupenda ficción narrativa, pura y dura.

Desde la ucronía, el autor nos sumerge en una nueva utopía histórica en torno a esos textos bíblicos en los que nosotros ya sabemos, desde Adán y Eva, su principio y su final, y partiendo desde el jardín del edén la voz de Caín se irá erigiendo en el personaje principal que hablará con Dios para responsabilizarlo de su crimen fratricida y de sus actos injustos y autoritarios. En ese dialogo permanente Caín le dirá: "Entonces, no seré castigado por mi crimen, preguntó Caín, Mi parte de culpa no absuelve la tuya, tendrás tu castigo, Cuál, Andarás errante y perdido por el mundo".

En esa ausencia de tiempo, Saramago juega a placer con el presente el pasado y el futuro haciendo que Caín vagabundee por los episodios más revelantes del Génesis como un personaje que más que conocer el futuro, ya ha habitado en él. En ese errar permanente se encontrará con Lilith, la primera mujer de Adán, con Abraham y la petición del sacrificio de Isaac, con Moisés en el monte Sinaí y la adoración del becerro de oro, con los acontecimientos de Sodoma, hasta llegar a la barca de Noé y el diluvio universal, en el que Caín se resarcirá del desagravio sufrido.

Al final pura literatura, que nos da que pensar y no hace esbozar sonrisas, sorprendente narrativa la de un maestro que sigue escribiendo con el músculo literario, poético y filosófico, y la avidez y el atrevimiento de un joven, Al final pura literatura moderna y contemporánea desde el albor de la palabra.

 

Caín

José Saramago

Editorial Alfagura

Páginas 189

 

 

 

Papeles inesperados

 

De manera azarosa, no deja de ser un hecho propio de cronopios que en la casa de Cortázar del distrito XV parisino, su viuda y albacea Aurora Bernárdez descubriera un puñado de hojas de hojas de varios tamaños y colores en un cajón barrigudo de la cómoda en la que Cortázar escribió su magna obra: Rayuela, y decidiera enseñárselos a Carles Álvarez Garriga por navidad de 2008, que ha pergeñado esta maravilla misceláneas de cuatrocientos y pico páginas inéditas, tras dos décadas y media de la muerte de Julio, que ahora como un maná podemos saborear en estos Papeles Inesperados. Al azar, de sopetón, estos papeles no tienen precio para los cronopios, quizá un poco para los esperanzas y mucho más para los famas.

En estos Papeles Inesperados nos encontramos con poemas, artículos, prólogos, autoentrevistas y con fragmentos narrativos de sus libros Un tal Lucas o Historia de cronopios y famas, o con un capítulo desgajado de Libro de Manuel. Supongo que para un lector, joven o no, que nunca haya leído a Cortázar, y, por azar, de pronto se encuentren con estos textos de iniciación, la sorpresa debe de ser morrocutada. Pues, tanto o más, lo sigue siendo para los más versados en sus interminables juegos de lenguajes. Cortázar sigue imitando al mejor Cortázar, como un alquimista de historias, como un inventor de otras maneras de decir que todo lo que ya se presupone escrito, se puede volver a relatar de otras maneras. Con algunas de las narraciones más discretas de estos Papeles Inesperados ya deja en mantillas a algunos actuales popes de la cosa literaria actual. El tiempo siempre pone a las obras literarias en su lugar. A cuento viene recordar que Julio escribió Rayuela para una generación que no supo entenderla, y que tuvo que esperar pacientemente, ante muchos críticos literarios famas, a la siguiente generación más joven que lo encumbró. Desde entonces, la obra de Cortázar va ganando en sabor como los buenos vinos. Ya para muchos lectores, con Rayuela, hubo un antes y después en la literatura del pasado siglo XX. Lo sorprendente es que en esta década del nuevo siglo, su literatura sigue pareciendo más actual que hoy y menos que mañana. ¿O no? Me quedó con este fragmento titulado Secuencias: "Dejo de leer el relato en el punto donde un personaje dejaba de leer el relato en el lugar donde un personaje dejaba de leer y se encaminaba a la casa donde alguien que lo esperaba se había puesto a leer un relato para matar el tiempo y llegaba al lugar donde un personaje dejaba de leer y se encaminaba a la casa donde alguien que lo esperaba se había puesto a leer un relato para matar el tiempo".

 

Papeles Inesperados

Julio Cortázar

Editorial Alfaguara

Páginas 486/

 

 

 

La novedad es que no hay novedad

 

Nada más comenzar septiembre, con las primeras luces del otoño, el Dietario voluble de Enrique Vila-Matas se aposentaba en las mesas de novedades de las principales librerías con el ánimo de morar el mayor tiempo posible en esas mesas en las que unos libros se suceden a otros a una velocidad de vértigo, en la que se empujan o se insultan y a veces hasta se apuñaban por la espalda. La vida literaria en esos espacios rectangulares es muy dura, no hay cama para tanta gente.

De modo que, en fechas septembrinas, nada más ver un montón de ejemplares de Dietario voluble colocados en un lugar preferente de mi librería preferida, al azar lo tomé como si fuera un cruasán recién salido del horno y me lo papeé con regocijo y fruición. Ni qué decir que me sentó estupendamente. Hay otros libros que se te empalagan desde la primera página y te pueden causar una agreste indigestión, algunas veces no tiene la culpa ni el autor ni el libro sino el lector y sus circunstancias, quizás por hecho de haber elegido un mal momento.

Todo lo contrario, pues, de lo que me ocurrió a mí en su momento y en la actualidad de estas luces ya invernales. La misma sorpresa, otrora novedosa, me sorprende al volver a hojear el Dietario voluble, ahora.

Ahora que entrego esta reseña que parece que no es una crítica literaria en estricto sentido, me reafirmo en este diario literario que al parecer no tiene trama ni nudo gordiano y sí muchos personajes dentro de un mismo personaje. En estos textos fragmentarios que huyen de las etiquetas literarias al uso, que parecen venir de un viaje al fin de la noche, que se aprestan a viajar de nuevo al centro de la luz de una nueva mañana, sin límites de fronteras literarias de género, como una novedad dentro la novedad en sí misma, el personaje central no deja de ser la literatura Un literatura sugestiva e inquietante, siempre la de Vila-Matas, con un modelo narrativo que se nos presenta con una forma, a modo de envoltorio, ultramoderna, y sin embargo, no deja de ser puramente clásica. De manera que la novedad es que no hay novedad.

 

Dietario Voluble

Enrique Vila-Matas

Anagrama

275 páginas/